LO REAL COMO UNA ZONA Y EL SUJETO COMO UN STALKER: extractos de la introducción a "Alternativas de lo posthumano" de Oscar del Barco


Hemos mutilado el texto con el que Pablo Gallardo y Gabriel Livov presentan esta antología delbarquiana para poder ofrecer una muestra del criterio subyacente en la selección. Acá van la primera y la última parte del prólogo.




Frente a la tecnocracia, que se adueñaba sin distinciones de la sociedad mundial y del mundo, desventrándolos, convirtiéndolos en pura exterioridad sumisa para su ojo al acecho, la mente debía desistir de una batalla abierta que no podía significar más que derrota estéril. Sólo le quedaba empuñar por sí misma la derrota y, como si la hubiera padecido, bajar a la catacumba de lo no articulado, en la que, pese a parecer muerta, aún estaba viva.

Héctor Murena, La cárcel de la mente

§ 1.


En un contexto histórico signado por la reestructuración capitalista de comienzos de los años ‘70, la contraofensiva política de la derecha, el desmoronamiento de la Cortina de Hierro y el colapso del bloque soviético, el marxismo como fuerza cultural y política −cuya historia no ha sido más que la de sus sucesivas crisis parciales− encontró a finales del siglo XX la que quizás haya sido su crisis terminal.

Como consecuencia de un proceso complejo cuyo factor decisivo es la mutación de los medios, de los lugares y de los sujetos de la producción, el advenimiento de la sociedad postindustrial determinó el doble declive del proletariado como sujeto histórico y del trabajo como esencialidad humana. En este marco, el canon marxista experimentó un grado de dislocación tal que toda tentativa de recomposición interna sobre sus basamentos tradicionales parecía haber perdido toda orientación en lo real. (…)

La diagnosis que Oscar del Barco ensaya desde la década del ‘80 encuadra el problema de la crisis del marxismo y de la política en el marco de una derrota epocal de dimensiones planetarias. Sus sombrías radiografías del espíritu actual de los tiempos son placas negativas que en su sobreimpresión nos presentan diversas postales de la desolación, no la derrota de una generación, ni la de ciertos ideales o valores, sino la derrota como época: “hemos entrado en una edad negra sin historia”.

El fracaso histórico definitivo de cualquier alternativa política emancipatoria, el desencadenamiento nihilista de la técnica y el carácter autorregulado del sistema capitalista mundial determinan un proceso de desarrollo del mal encarnado en formas que, irremediablemente, ninguna acción humana consciente y ordenada de acuerdo a fines puede ya detener. El Sistema se constituye como una totalidad autorregulada cuya lógica interna no conduce al surgimiento de un actor capaz de derrocarlo, ya que toda pretensión de derrocamiento pertenece a su lógica y sus presuntos antagonistas no son más que sus órganos de recambio: “Cambiar el sistema es como querer cambiar el cerebro; incluso quienes piensan en la genética como un medio para cambiar al ser humano, no pueden imaginar el cambio sino a partir de ellos mismos, de sus propios deseos y valores, de sus propias conformaciones. Sólo la maldad encarnada en la locura de la ciencia puede aspirar a un cambio pensado de la forma-vida.”

En este contexto se actualiza en Oscar del Barco cierto núcleo de afinidades electivas que enlazan al marxismo con la teología, y también con la ficción científica. La matriz difusa de la dominación poscapitalista se singulariza como neuropolítica, al presentarse como “una oscura complejidad que se realimenta y se reprograma en una inabarcable sucesión de puntos simultáneos”, tomando control sobre toda posible línea de fuga; un aparato de captura de modalidad viral que opera personificaciones intrasistémicas de sí mismo, “nada escapa al entrecruzamiento de sus flujos dispersos, a sus nudos e insinuaciones”, “todo se mueve sobre el riesgo de su mal”.

El Gran Autómata configura un dispositivo de subsunción técnica hiper-real que desactiva la dialéctica entre el trabajo y el capital por reingeniería de un polo sobre el otro. El proceso histórico se ve relanzado como posdialéctica cibernética: ultrasubsunción del hombre por la técnica, integración de la mente-cerebro en un mismo sistema de intelecto maquínico, recreación de la corporeidad sensible a partir de la ingeniería de lo vivo y la programación de la arquitectura orgánica. De la distinción entre la máquina como capital fijo y lo humano como trabajo viviente sólo reconocemos su soldadura en el Cyborg, figura de la victoria total del Sistema. No se trata de casualidades sino de un Sistema; un sistema-vivo que utiliza el cerebro del hombre como su propio cerebro. No es el cerebro el que utiliza las maquinas sino que es la máquina-técnica la que se ha apropiado del cerebro como de una pieza más: la pieza donde llega a su propia conciencia para ser más maquina, el auténtico daimon que siempre rondó la cabeza de los hombres como una pesadilla. Estamos frente a una máquina-con-conciencia, y ésta es la esencia de lo abismal. El hombre está siendo reconstruido y vuelto armar como un instrumento vivo de la necesidad maquínica ”

(…)




§ 4


Brota de este humus paranoico una teología alucinada de alto grado de combatividad, acosada desde un principio por la hipérbole de control total que parece permear la entera capilaridad de lo real: teología de la derrota epocal. “Sólo un dios podrá salvarnos, decía Heidegger. Es posible. Pero también es posible que los dioses falten”.

Si el Gran Autómata acelera el tiempo hacia una sucesión aleatoria de electroshocks de eterno presente, algo así como un mesianismo-cyborg que proyecta la historia a velocidades transhumanas, se impone la necesidad de adecuar el concepto de redención al infierno abstracto del mundo de las máquinas. “Querer que un alud se detenga y vuelva a su punto de origen es una ilusión. Más bien hay que acostumbrarse a vivir y pensar en la caída, como seres de la caída”. Entonces: “Todo es actual. La sobrevivencia, la salvación, la redención, suceden aquí, ahora. El Apocalipsis está aquí-ahora, el Reino está aquí-ahora”.

La radicalización de la escala del control se corresponde con la radical reducción de lo político a la lógica de las vacuolas. Así, el “no-hacer de connotaciones místicas, sin por-qué y sin para qué” cualifica un estado-de-dios que aparece como “pura intensidad sin Sistema”, como “acto pleno”, “no representativo”, que pone directamente en cuestión las tecnologías de la escisión, la jerarquización y la representación, y “se sitúa así fuera del espacio de lo real del Sistema”. “Misticismo, erotismo, arte, son hiancias”, y precisamente “es en la hiancia donde se encuentra la posibilidad de escapar (en cuanto violentar, desmontar o pervertir) a las infinitas y complejas redes del Sistema”. La circunscripción al instante, la lógica de la intermitencia y la plenitud acronológica de las experiencias en exceso y de estas aproximaciones a “fenómenos saturados” parecen expresar los últimos baluartes posibles de no-Sistema. La vivencia sagrada de lo transhistórico genera un espacio de antagonismo y crítica irreductible, y así desactiva, aunque sea fugazmente, la pretensión de totalidad propia de la dominación técnica volviéndola relativa, inscribiéndola en la lógica siempre política de lo contingente. La politicidad de la teología se resuelve en una teología de la transpolítica, donde “teología” y “política” son nombres de un mismo acto transgresivo, ya se trate de la práctica revolucionaria del “proletariado diseminante” de corte setentista o de la epifanía en exceso del último dios.

En la era del eclipse de la Leviatantes, esta teología posmetafísica de raigambre batailleana vive de una politización por saturación, trabaja sobre un concepto de lo político que no se define como región topológicamente autónoma -por su diferencia específica dentro de las provincias de la cultura-, sino por el grado de intensidad de una disociación sistémica; resulta política aquella práctica que desquicia el orden clausurado del sentido y que ensaya una superación del acto de la metafísica de la subjetividad.

Ahora bien, bajo la presuposición de la que la pérdida del yo, la espera, el no-hacer y el abandono son figuras de una desitución de la subjetividad que marca el puso de la realidad contemporánea, alguien podróa acusar a OdB de proponer lo que el mismo Sistema genera. Por esta vía se impugnaría la poiticidad de sus planteos ya que, en última instancia, el Sistema parece ser el "fenómeno saturado" por excelencia. "Con la ca caída de la dialéctica, vale decir, de la metafísica, se abren espacios donde se visualiza una nueva posibilidad política sin futuro, herética, anárquica (sin orígen y sin finalidad), libertina, artística, mística y a-religiosa, vale decir, una política-sin-política, o una política propia del "desierto", donde ya no queda nadie, porque el que es no es nadie. No es sustancia, ni alma, ni sujeto (...) Tendremos que acostumbrarnos a vicir en los intersticios, como piojos, formando tribus nómades o habitando lo abierto, fuera, en última instancia, de las redes de los 'últimos hombres', o 'más-allá-del-hombre'."

Cuando el pathos de la confrontación política se juega sobre el horizonte de lo humano, Oscar del Barco llama cautelosamente a "distinguir entre el no-humanismo del Sistema y el no-humanismo como más allá del hombre; uno implica su aniquilación maquínica, mienstras que el otro implica su desborde sin límites. Es en la diferencia entre ambas alternativas de los posthumano que se juega una historia epocal".

Cabría detener aquí esta voluntad de discusión y sistematización. Cuando ya sólo se puede avanzar por rodeos, pueden venir en nuestro auxilio dos conceptos originarios de la ciencia ficción soviética, llevados a la pantalla por Andrei Tarkovsky: lo real como una zona y el sujeto como un stalker. "Al ser la política la forma íntima y global de su autogestión, el Sistema puede, al menos parcialmente, satisfacer todas las demandas políticas necesarias a su funcionamiento. Creer, por ejemplo, que por naturaleza el Sistema es incapaz de resolver los problemas de extrema tensión que le plantean los ecologistas, los homosexuales, las mujers, las llamadas capas pasivas o quienes sean, es fruto de cierto decisionismo ingenio de los movimientos políticos. Incluso me atrevería a decir que lo impolítico, categoría que han refuncionalizado los teóricos italianos a partir de su utilización por Thomas Mann y que apunta a franjas casi inefables de lo contestatario, es una de las maneras utilizadas por el Sistema para ocupar espacios que aparentemente le serían extraños. Aquí pareciera terminar el orden político; más allá solo me atrevería a sugerir, aunque incluso esto parezca demasiado, la existencia de una ZONA (la ellección del termino responde a la cualidad inexpresable de lo puesto en juego) imposible de determinar con las categorías metafísicas que constituyen los discursos de la razón contemporanea".

El sujeto, tal como reza la sentencia de Wittgenstein, "no pertenece al mundo sino que es un límite del mundo". El stalker, umbral subjetivo de un mundo en exceso, aunque con la marca originaria de un exceso de mundo, procede según estrategias oblicuas y en direcciones aleatorias, avanza con las huellas puestas detrás de lo que él mismo lleva. En el camino sin camino de su búsqueda del don, "la Zona está a un paso, como si uno estuviera sentado sobre un volcán".

Pablo Gallardo

Gabriel Livov