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“La llamada locura es, a veces, un salto a lo más profundo del hombre”


Entrevista a Oscar del Barco realizada por Jonathan Rippel y publicada en la revista Contraeditorial de El Argentino...




16-06-2010 / La “barbarie tecnológica” y la experimentación con drogas. Las tragedias de la dictadura y el mandato bíblico del “no matarás”, aplicado también a los revolucionarios. El peronismo, el tiempo kirchnerista y el lugar de la oposición. La poesía, la pintura, el erotismo. Una entrevista como para introducir, a quienes no lo conocen, a uno de los pensadores más originales de la galaxia intelectual argentina.
Por Jonathan Rippel

Fue militante del PC en los ’60, experimentó con drogas durante su exilio en México, es un ensayista y traductor de enorme prestigio. Es también poeta y en los últimos tiempos también se dedicó a la pintura. El filósofo Oscar del Barco –uno de los referentes principales de la experiencia cultural y política que significó la revista Pasado y Presente en la Córdoba de los ’70– escribió, en 2004, una carta abierta publicada en la revista La Intemperie. Ese texto provocó uno de los debates más francos de los últimos años en torno de las organizaciones armadas. En el debate, desde distintos espacios, participaron Nicolás Casullo, Ricardo Forster, Héctor Schmucler, Diego Tatian, Jorge Jinkins, Juan Ritvo, Eduardo Grüner y León Rozitchner, entre otros.

Del Barco, que acaba de publicar Alternativas de lo posthumano. Textos reunidos (Editorial Caja Negra), disparó en su primera intervención con una pregunta ardua y crucial (ver recuadro) acerca de si hay épocas, circunstancias o causas que justifiquen o no el uso de la violencia armada y el hecho de matar, ya sea para modificar un sistema inequitativo o para enfrentar a un enemigo siniestro. Su gesto, si bien el debate lleva años –o milenios– de circulación, volvió a poner el dedo en la llaga. Nadie negó el hecho de que su carta fue escrita con una honestidad brutal.

–Hace seis años su carta abierta acerca del “no matarás” tuvo una poderosa repercusión. El año pasado José Pablo Feinmann publicó Timote, un libro sobre el asesinato a Aramburu, y recientemente se estrenó Secuestro y muerte, el film de Rafael Filippelli, con guión de Beatriz Sarlo, entre otros, sobre el mismo tema. ¿Por qué piensa que la discusión sobre la violencia política en la Argentina sigue vigente?

–Porque es nuestra tragedia, algo que no pertenece al recuerdo ni al olvido sino que está allí, como en el momento de suceder, y porque todos fuimos y somos responsables. En esto no hay vueltas, y eso nos ronda como un clamor que nos pide cuentas. No vale hacerse los distraídos, eso es lo que somos, en cuanto seres libres y por consiguiente responsables. Ser responsable es responder a una voz que no se puede acallar... Por eso los decenios no han calmado nuestras conciencias. La memoria no es una fiesta sino algo del orden de la carne, de lo sagrado, de lo humano.

–Hay quienes sostienen, ya sea citando a la Constitución o invocando el derecho a la resistencia contra un opresor, como sucedió en dictadura, la legitimidad del uso de la violencia...

–La respuesta armada nos llevó a la tragedia, porque se desencadena una “lógica” mimética que no tiene fin. Las revoluciones armadas terminaron siempre en dictaduras, como fueron los casos de la Revolución Francesa, la rusa, la china o la cubana. Todas se convirtieron en dictaduras y luego de sus fracasos pasaron al sistema capitalista liso y llano. La resistencia es justa y puede abarcar múltiples y complejos espacios de luchas puntuales del pueblo por sus reivindicaciones, ya sean económicas, ecológicas, sexuales, culturales, etc. Yo hice mío el principio del “no matar”, pero sabiendo que se mata de mil maneras y en todas partes. Pero la muerte no puede ser un principio pues en caso de serlo no habría humanidad, no existirían los hombres... El hombre es un ser sagrado o absoluto y debe ser respetado como tal, nunca puede ser considerado un medio para otra cosa.

Arte, política y LSD.

Lejos de la antigua militancia en el PC de los ’60, lejos –al menos en lo que hace a lo cronológico– de su exilio en México, desde hace más de catorce años Oscar del Barco se dedica también a la pintura. “La pasión por la pintura o la poesía o la música es una enfermedad mental, una locura, ‘sin por qué y sin para qué’ como decía el poeta místico Angelus Silesius. No sé por qué razón me puse a pintar, simplemente diría que me dio la locura de pintar y que ya no paré”, cuenta desde Córdoba, donde reside.

Las ganas de escapar a las etiquetas –políticas o de otro tipo– tal vez expliquen su alejamiento de la política, su “fuga” hacia el arte, en tanto pintura, poesía o el consumo de sustancias enteógenas, al menos durante una época. En el capítulo “Viajes” de su flamante libro Alternativas de lo posthumano. Textos reunidos, relata, entre otras cuestiones, su experiencia con peyote, hongos y LSD.

–¿Por qué sostiene en una nota que precede a su última obra que la experimentación con sustancias enteógenas en Tecolutla, México, resultó decisiva en su escritura?

–Pienso que mis experiencias con enteógenos no fueron decisivas para mi escritura. Fueron importantes para mi vida y, en este sentido, seguramente para lo que vos llamás mi escritura. La experiencia con enteógenos lo que hace es abrir las puertas de la percepción y ponerte en un mundo inusitado, que es este mundo pero visto con otros ojos. Y es posible que esos sean los verdaderos, los que ven en un yuyo el universo y en todo hombre el absoluto, o algo así...

–¿Sintió alguna vez, tal vez a través de la experiencia con las “plantas de los dioses” o de otra manera, haber saltado a “lo más profundo del hombre”, haber llegado al estado de locura?

–De nada vale lo que yo diga porque se trata de una experiencia. Hablo de locura en el sentido de que es una experiencia que nos sitúa fuera del yo, fuera de la razón del yo, en un espacio –digamos– de unidad con las cosas y los seres del mundo, una suerte de éxtasis y de absoluta bondad. El mundo se vuelve otra cosa, los hombres se vuelven otra cosa. Pero hay que tener un cuidado supremo porque son experiencias al límite del abismo, y también porque hay grandes intereses malignos que convierten a las drogas en tragedias, pienso particularmente en los jóvenes que caen en las redes del narcotráfico.

–¿Por qué le da tanta importancia a la obra de Antonin Artaud en sus escritos?

–Creo, en el sentido de lo que vengo diciendo, que Artaud aportó cosas esenciales. Entre otras mostró que el sujeto, o el yo, son construcciones ideales de dominio. Además, con su propia vida, mostró (no digo que “demostró”) que la llamada “locura” es a veces un salto a lo más profundo del hombre y no una enfermedad. Artaud es uno de los que me acompañan diría desde siempre. Por muchas razones, pero entre las mayores porque supo ver el poderío asesino del sistema que “suicidó” entre tantos otros a Van Gogh, a quien se refirió en uno de sus más trágicos y hermosos escritos. Artaud rompió el encasillamiento de los géneros que constituyen el enclaustramiento burgués por excelencia.

–Contraeditorial surgió como un espacio para el debate de ideas, algo no del todo habitual dado el peso de un sistema mediático hegemónico que pide “no confrontar”, “no crispar a la sociedad”. ¿Qué valor le da a la polémica, al debate?

–A mí no me interesa la polémica por la polémica misma, no me interesa lo que de guerra tiene la polémica. Prefiero la conversación, el intercambio de experiencias, de ideas, pero bajo el signo de la relación amistosa-amorosa, el poner en juego la vida en un intercambio con un otro que es uno mismo y viceversa, como si fuera siempre una conversación interminable, talmúdica, alrededor de los temas últimos que en lugar de separarnos nos unen en lo propiamente trascendental, en ese fuera de todo, en lo abierto, que es la palabra.

–¿Cuál es su punto de vista sobre la actual situación política del país, de cara a las elecciones de 2011?

–Estoy en contra de los “millonarios”, es una palabra que usó Borges refiriéndose a la dirigencia política del peronismo. Yo diría, también, de los dueños de la tierra, de las fábricas, del sistema económico en general y de los militares y la jerarquía eclesiástica en particular. Nunca fui peronista. No creo que haya dos Perón, uno que fue más o menos progresista en su primer gobierno (porque no me olvido de los jefes de su policía, los torturadores Lombilla y Amoresano, de cómo lo mataron a –Juan– Ingalinella y torturaron a Mario Bravo, ni de su policía especial, ni de la aplicación de la ley de expulsión de extranjeros, que le costó cinco años de cárcel a mi amigo Kievcowski, etc.) y otro período en el que ordenó la formación de esa pandilla de asesinos que fue la Triple A. Hay un solo Perón, fascista y reaccionario. Además uno nunca sabe quién es peronista, si Menem, si Isabel, si López Rega, si Rodríguez Saá, si Reutemann, si Duhalde, si los asesinos, si los montoneros, si los progresistas que hoy acompañan al Gobierno, si la CGT, si los industriales, etc. No obstante, dada la calaña de muchos de los opositores y de lo positivo que tiene el actual gobierno, creo que en el caso de tener que votar votaría por Kirchner.

–¿Qué es lo que le parece positivo del actual gobierno y por qué habla de “la calaña de muchos de los opositores”?

–El actual gobierno ha hecho muchas cosas positivas. Recordemos la Corte Suprema de Justicia, el intento frustrado de un aumento a las retenciones a las grandes ganancias agrícolas, fundamentalmente vinculadas con la soja, su política de derechos humanos, la ley antimonopólica de la información, el gran plan de ayuda a los hijos de hogares pobres. Respecto a la “calaña” de los opositores, no se trata de todos sino de gente como Menem, Duhalde, De Narváez, Reutemann, los sectores ricos del campo que ocuparon las grandes rutas del país. ¿Te imaginás lo que sucedería si todos hiciéramos lo mismo para no pagar nuestros impuestos?

–En su nuevo libro parece explorar cuáles son las distintas alternativas a la caída de los grandes dogmas (capitalismo-comunismo). ¿A qué conclusión llegó?

–No llegué a ninguna conclusión. Creo que no se puede concluir porque siempre hay un más que imposibilita todo cierre, es decir toda totalidad, todo ser, o sustancia, o dios. Digamos que para mí lo esencial es la diferencia, la heterología, el infinito, lo opuesto a todo sistema cerrado, de tipo spinozista o hegeliano o lo que sea.

–¿Por qué incluye a la poesía y al erotismo entre las experiencias que pueden salvar al hombre de “El Sistema”?

–Poesía, erotismo, experiencia mística, artística, etc., se ubican en el único punto donde lo que llamo “Sistema” (capitalista, pero mucho más que capitalista) presenta una fisura. A este punto lo podemos nombrar con diversas palabras, por ejemplo alma, espíritu, yo, sujeto. Pero, al margen de su nominación, se trata del punto de lo abierto como manifestación. (Giuseppe) Ungaretti dijo: “Me ilumino de inmensidad”; yo tomaría esas palabras sagradas para referirme a lo inmenso en cuanto luz, y esa inmensidad-luz es lo que somos más allá incluso del ser.

–En el mismo libro sostiene que “lo que antes pudieron ser campos de encuentro para el pensamiento, hoy están anegados por la fuerza del despliegue de la edad técnica”. ¿Qué quiere decir?

–Creo que nuestra época es ya (aquí y ahora) la barbarie preanunciada por Marx, el nihilismo de Nietzsche y el dominio científico-técnico analizado, de distinta manera, tanto por Marx como por Heidegger. Creo además que el hombre, en sentido empírico, esta “chupado” o contrahecho por estas fuerzas que así devienen su propio ser, reificado, alienado, ultimado como último hombre. Se trata de fuerzas a cuyo conjunto, inestable y siempre en exceso, llamo “Sistema”. El hecho concreto es que el hombre pasó a ser un apéndice de la máquina, ya sea de la televisión, de la computación, la robotización, la comunicación celular, etc. Es la máquina la que nos conforma a sus necesidades y como formas de sus necesidades. La máquina es la que sabe, piensa y actúa, es la que a través del hombre diseña y construye el mundo.


Presentación de Por dentro todo está permitido, de Jorge Baron Biza

Viernes 11 de junio a las 19hs
CCEBA (Florida 943)

Presentación de Por dentro todo está permitido, de Jorge Baron Biza (Caja Negra / CCEBA, 2010). Se proyectará una entrevista realizada por Christian Ferrer a Jorge Baron Biza en 1998, y posteriormente Christian Ferrer, Sylvia Saítta y Martín Albornoz conversarán sobre el libro.

Jorge Baron Biza nació en Buenos Aires en 1942 y a lo largo de su vida se desempeñó como editor y colaborador en distintos medios periodísticos como La Voz del Interior, Página/12 y Arte al Día, entre otros, especializándose en crítica de arte. Tradujo El indiferente de Marcel Proust, publicó los libros El desierto y su semilla y Los cordobeses en el fin del milenio (junto a Rosita Halac), y participó de Los colores de un siglo. Grandes obras de la pintura de Córdoba. Se suicidó en septiembre de 2001.

Sylvia Saítta
es investigadora del Conicet y profesora de literatura argentina del siglo veinte en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Escribió los libros Regueros de tinta. El diario Crítica en la década de 1920 y El escritor en el bosque de ladrillos. Una biografía de Roberto Arlt. Dirigió El oficio se afirma, tomo 9 de la Historia crítica de la literatura argentina, y ha compilado gran parte de la obra inédita de Roberto Arlt.

Christian Ferrer
: Es ensayista y profesor de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA. Integra el grupo editor de las revistas Ojo Mocho y Artefacto. Publicó los libros Barón Biza. El inmoralista, Cabezas de Tormenta. Ensayos sobre lo ingobernable, La curva pornográfica y Mal de ojo. Crítica de la violencia Técnica. Es compilador y prologuista de diversos autores y temas. Entre ellos Néstor Perlongher, Martínez Estrada y el pensamiento libertario contemporáneo.

Martín Albornoz
: Es historiador y profesor de Problemas de literatura latinoamericana en la Facultad de Filosofía y letras de Universidad de Buenos Aires. Realiza sus estudios de posgrado en historia tanto en la UBA como en la Universidad de San Martín, sobre temas vinculados con diversos aspectos y representaciones del anarquismo argentino a finales del siglo XIX y principios del siglo XX. Recientemente ha publicado Anarquistas en 1910, una selección de escritos libertarios a propósito del primer centenario de la independencia argentina.

LEYES DE UN SILENCIO por Jorge Baron Biza

Publicado originalmente en Córdoba en la revista El Banquete el 17 de diciembre de 1998 e incluido en Por dentro todo está permitido, este breve relato lleva por título el mismo que Jorge Baron había pensado utilizar en primera instancia para su novela El desierto y su semilla, y de hecho retoma los seudónimos utilizados para reemplazar los nombres de sus padres en la novela: Arón y Eligia.

Arón pidió que su cuerpo fuera cremado y las cenizas esparcidas alrededor del monumento que le había construido a Cloë. Cuando llegamos, advertimos que el terreno que quedó como propiedad familiar en torno del obelisco de más de setenta metros, después de las ventas apresuradas de Arón, era tan pequeño que no había espacio suficiente para esparcir las cenizas.
Antes de morir, hubo de imaginarse una ceremonia crepuscular, entre los olivares que sembró en su estancia, y que treinta años después prosperaban a pesar de que nadie los cuidaba desde mucho tiempo atrás. Suponía que sus cenizas sutiles se adherirían a las hojas o se infiltrarían en el suelo para alimentar las raíces y aparecer transustanciadas en la pulpa de los frutos. Quería que su cuerpo se incorporase a la tierra y estaba convencido que de ese modo iba a cambiar el mundo. Pero en los tiempos de su entierro efectivo, a mediados de los sesenta, los olivos ya estaban vendidos, del otro lado del alambrado. La tarde era oscura, ventosa, y la luz se había quedado del otro lado de las nubes.
Nos reunimos, mi tío Juan María, el cuidador del monumento, una amiga de Juanito que se escondió en el coche y echaba temerosas miradas azules, y yo... además de Arón, que ya cabía en una caja cúbica de unos treinta centímetros de lado. Una vez que comprobamos que, por falta de espacio, resultaba imposible cumplir la voluntad póstuma del cenizado, todos dudamos largamente. El cuidador propuso subir hasta la cumbre del monumento y arrojarlas desde allí. Era el único poeta del grupo, sin duda, pero ya la ancianidad no le permitía caminar, y mucho menos subir los 241 escalones del monumento. Yo consulté el nivel de mi petaca y supe que tampoco podría hacerlo. El tarambana de Juan María pensó unos segundos y racionalizó:
–Es un disparate. Las cenizas van a caer en cualquier parte. Hasta nos pueden acusar de diseminar sustancias tóxicas. ¡A ver! –se dirigió al cuidador con un billete en la mano–. Cave un pozo de unos cincuenta centímetros. Mañana compre un olivo y plántelo en el pozo.
Cuando el cuidador empezó el trabajo, él se fue a charlar con su amiga. Yo me senté, alejado, mirando a contraluz la figura del viejo servidor canoso –todavía fiel y enamorado de Cloë– que se esforzaba con la pala. Tomé unos sorbos. Una vez que el cuidador hubo terminado su tarea con dificultad y sin ayuda, nos quedamos largo tiempo esperando a que Juan María regresase. Lo tuve que llamar. Volvió de mala gana.
–Bueno. Ahora hay que poner las cenizas en el pozo.
–Ah, ¡no! Señor Juan María, con los difuntos no quiero tratos.
El cuidador se alejó ofendido y asustado. El sol estaba en las últimas, y las sombras se convirtieron en grandes manchas a las que apenas parecían adheridas los cuerpos. Juan María permaneció a cinco pasos del pozo y de la caja; me miró con calma. Mascullando quité la tapa. El polvillo en reposo resplandeció en la penumbra acechante. Tomé un sorbo de la petaca y sin pensarlo dos veces volqué las cenizas sobre el pozo, en el preciso instante en que se levantó una ráfaga. La mayor parte llegó al fondo, pero una cantidad apreciable se arremolinó en torno de mí, haciéndome toser cada vez más fuerte a medida que las partículas
impalpables descendían por mis pulmones. Tomé dos largos tragos de la petaca, mientras una nube de retazos plateados se alejaba más allá del alambrado, hacia los olivos.
–¡Mirá cómo te has ensuciado! –exclamó Juan María, y fue a cubrir
con diarios el asiento trasero de su coche.
Me llevó directamente a la estación de ómnibus, porque yo tenía que regresar a la capital para atenderla a Eligia en la clínica, y él quería irse con su amiga.
En el baño de la estación me lavé las cenizas más evidentes, las que habían quedado encima de mis cejas y en mis manos. También pude sacudirme en parte las que habían quedado sobre mis pantalones y el blazer de gabardina gris oscura con cinturón (modelo que había copiado
a Arón), pero muchas de las limaduras de lo que había sido un cuerpo se resistían a dejarme, principalmente las que se habían colado en mi cuello o se habían instalado en mis cabellos tiñéndolos de canas. Durante las diez horas de viaje, en la penumbra del ómnibus, estuve
metiéndome los dedos en las orejas, la nariz, la pechera y el cuello de la camisa, de manera que mi compañero de asiento se mudó prudentemente, convencido de que yo estaba ensarnado o apestado.

Por dentro todo esta permitido : reseñas, retratos y ensayos · Jorge Baron Biza

Jorge Baron Biza alcanzó notoriedad con la aparición en 1998 de su única novela publicada, El desierto y su semilla. Con ella intentaba conjurar su dramática historia familiar, marcada por el ataque con el que su padre –Raúl Baron Biza, escritor escandaloso y excéntrico millonario– desfiguró con ácido el rostro de su madre, dando inicio a una serie de suicidios. A contrapelo de la fascinación morbosa generada por estos sucesos, Por dentro todo está permitido recupera la labor ensayística y periodística a la que Jorge Baron Biza se abocó a lo largo de su vida. Las reseñas sobre la obra de artistas como Jean Michel Basquiat, Dan Flavin, Anselm Kiefer, Frida Kahlo y Carlos Alonso, entre otros; los singulares “retratos sociales” esbozados en revistas de alta sociedad en contraste con la interpretación de las marcas en las paredes de una prisión como testimonio de la vida espiritual de sus habitantes; los ensayos que abordan una diversidad de temas tales como las particularidades del arte argentino, la poética del arte road y el género autobiográfico, comparten todos ellos la inquietud porque la belleza pueda sobreponerse a la escarpada superficie del dolor y el espanto. De este modo, el presente volumen revela el perfil más luminoso de una obra signada por la batalla entre ironía y melancolía, antes que por un pathos irremediablemente melancólico.

Jorge Baron Biza nació en Buenos Aires en 1942 y a lo largo de su vida se desempeñó como editor y colaborador en distintos medios periodísticos como La Voz del Interior, Página/12 y Arte al Día, entre otros, especializándose en crítica de arte. Tradujo El indiferente de Marcel Proust, publicó los libros El desierto y su semilla y Los cordobeses en el fin del milenio (junto a Rosita Halac), y participó de Los colores de un siglo. Grandes obras de la pintura de Córdoba. Se suicidó en septiembre de 2001.

Selección y prólogo: Martín Albornoz
ISBN:
978-987-1622-03-0
208 páginas

designer Juan Ventura y el corte justo

LO REAL COMO UNA ZONA Y EL SUJETO COMO UN STALKER: extractos de la introducción a "Alternativas de lo posthumano" de Oscar del Barco


Hemos mutilado el texto con el que Pablo Gallardo y Gabriel Livov presentan esta antología delbarquiana para poder ofrecer una muestra del criterio subyacente en la selección. Acá van la primera y la última parte del prólogo.




Frente a la tecnocracia, que se adueñaba sin distinciones de la sociedad mundial y del mundo, desventrándolos, convirtiéndolos en pura exterioridad sumisa para su ojo al acecho, la mente debía desistir de una batalla abierta que no podía significar más que derrota estéril. Sólo le quedaba empuñar por sí misma la derrota y, como si la hubiera padecido, bajar a la catacumba de lo no articulado, en la que, pese a parecer muerta, aún estaba viva.

Héctor Murena, La cárcel de la mente

§ 1.


En un contexto histórico signado por la reestructuración capitalista de comienzos de los años ‘70, la contraofensiva política de la derecha, el desmoronamiento de la Cortina de Hierro y el colapso del bloque soviético, el marxismo como fuerza cultural y política −cuya historia no ha sido más que la de sus sucesivas crisis parciales− encontró a finales del siglo XX la que quizás haya sido su crisis terminal.

Como consecuencia de un proceso complejo cuyo factor decisivo es la mutación de los medios, de los lugares y de los sujetos de la producción, el advenimiento de la sociedad postindustrial determinó el doble declive del proletariado como sujeto histórico y del trabajo como esencialidad humana. En este marco, el canon marxista experimentó un grado de dislocación tal que toda tentativa de recomposición interna sobre sus basamentos tradicionales parecía haber perdido toda orientación en lo real. (…)

La diagnosis que Oscar del Barco ensaya desde la década del ‘80 encuadra el problema de la crisis del marxismo y de la política en el marco de una derrota epocal de dimensiones planetarias. Sus sombrías radiografías del espíritu actual de los tiempos son placas negativas que en su sobreimpresión nos presentan diversas postales de la desolación, no la derrota de una generación, ni la de ciertos ideales o valores, sino la derrota como época: “hemos entrado en una edad negra sin historia”.

El fracaso histórico definitivo de cualquier alternativa política emancipatoria, el desencadenamiento nihilista de la técnica y el carácter autorregulado del sistema capitalista mundial determinan un proceso de desarrollo del mal encarnado en formas que, irremediablemente, ninguna acción humana consciente y ordenada de acuerdo a fines puede ya detener. El Sistema se constituye como una totalidad autorregulada cuya lógica interna no conduce al surgimiento de un actor capaz de derrocarlo, ya que toda pretensión de derrocamiento pertenece a su lógica y sus presuntos antagonistas no son más que sus órganos de recambio: “Cambiar el sistema es como querer cambiar el cerebro; incluso quienes piensan en la genética como un medio para cambiar al ser humano, no pueden imaginar el cambio sino a partir de ellos mismos, de sus propios deseos y valores, de sus propias conformaciones. Sólo la maldad encarnada en la locura de la ciencia puede aspirar a un cambio pensado de la forma-vida.”

En este contexto se actualiza en Oscar del Barco cierto núcleo de afinidades electivas que enlazan al marxismo con la teología, y también con la ficción científica. La matriz difusa de la dominación poscapitalista se singulariza como neuropolítica, al presentarse como “una oscura complejidad que se realimenta y se reprograma en una inabarcable sucesión de puntos simultáneos”, tomando control sobre toda posible línea de fuga; un aparato de captura de modalidad viral que opera personificaciones intrasistémicas de sí mismo, “nada escapa al entrecruzamiento de sus flujos dispersos, a sus nudos e insinuaciones”, “todo se mueve sobre el riesgo de su mal”.

El Gran Autómata configura un dispositivo de subsunción técnica hiper-real que desactiva la dialéctica entre el trabajo y el capital por reingeniería de un polo sobre el otro. El proceso histórico se ve relanzado como posdialéctica cibernética: ultrasubsunción del hombre por la técnica, integración de la mente-cerebro en un mismo sistema de intelecto maquínico, recreación de la corporeidad sensible a partir de la ingeniería de lo vivo y la programación de la arquitectura orgánica. De la distinción entre la máquina como capital fijo y lo humano como trabajo viviente sólo reconocemos su soldadura en el Cyborg, figura de la victoria total del Sistema. “No se trata de casualidades sino de un Sistema; un sistema-vivo que utiliza el cerebro del hombre como su propio cerebro. No es el cerebro el que utiliza las maquinas sino que es la máquina-técnica la que se ha apropiado del cerebro como de una pieza más: la pieza donde llega a su propia conciencia para ser más maquina, el auténtico daimon que siempre rondó la cabeza de los hombres como una pesadilla. Estamos frente a una máquina-con-conciencia, y ésta es la esencia de lo abismal. El hombre está siendo reconstruido y vuelto armar como un instrumento vivo de la necesidad maquínica ”

(…)




§ 4


Brota de este humus paranoico una teología alucinada de alto grado de combatividad, acosada desde un principio por la hipérbole de control total que parece permear la entera capilaridad de lo real: teología de la derrota epocal. “Sólo un dios podrá salvarnos, decía Heidegger. Es posible. Pero también es posible que los dioses falten”.

Si el Gran Autómata acelera el tiempo hacia una sucesión aleatoria de electroshocks de eterno presente, algo así como un mesianismo-cyborg que proyecta la historia a velocidades transhumanas, se impone la necesidad de adecuar el concepto de redención al infierno abstracto del mundo de las máquinas. “Querer que un alud se detenga y vuelva a su punto de origen es una ilusión. Más bien hay que acostumbrarse a vivir y pensar en la caída, como seres de la caída”. Entonces: “Todo es actual. La sobrevivencia, la salvación, la redención, suceden aquí, ahora. El Apocalipsis está aquí-ahora, el Reino está aquí-ahora”.

La radicalización de la escala del control se corresponde con la radical reducción de lo político a la lógica de las vacuolas. Así, el “no-hacer de connotaciones místicas, sin por-qué y sin para qué” cualifica un estado-de-dios que aparece como “pura intensidad sin Sistema”, como “acto pleno”, “no representativo”, que pone directamente en cuestión las tecnologías de la escisión, la jerarquización y la representación, y “se sitúa así fuera del espacio de lo real del Sistema”. “Misticismo, erotismo, arte, son hiancias”, y precisamente “es en la hiancia donde se encuentra la posibilidad de escapar (en cuanto violentar, desmontar o pervertir) a las infinitas y complejas redes del Sistema”. La circunscripción al instante, la lógica de la intermitencia y la plenitud acronológica de las experiencias en exceso y de estas aproximaciones a “fenómenos saturados” parecen expresar los últimos baluartes posibles de no-Sistema. La vivencia sagrada de lo transhistórico genera un espacio de antagonismo y crítica irreductible, y así desactiva, aunque sea fugazmente, la pretensión de totalidad propia de la dominación técnica volviéndola relativa, inscribiéndola en la lógica siempre política de lo contingente. La politicidad de la teología se resuelve en una teología de la transpolítica, donde “teología” y “política” son nombres de un mismo acto transgresivo, ya se trate de la práctica revolucionaria del “proletariado diseminante” de corte setentista o de la epifanía en exceso del último dios.

En la era del eclipse de la Leviatantes, esta teología posmetafísica de raigambre batailleana vive de una politización por saturación, trabaja sobre un concepto de lo político que no se define como región topológicamente autónoma -por su diferencia específica dentro de las provincias de la cultura-, sino por el grado de intensidad de una disociación sistémica; resulta política aquella práctica que desquicia el orden clausurado del sentido y que ensaya una superación del acto de la metafísica de la subjetividad.

Ahora bien, bajo la presuposición de la que la pérdida del yo, la espera, el no-hacer y el abandono son figuras de una desitución de la subjetividad que marca el puso de la realidad contemporánea, alguien podróa acusar a OdB de proponer lo que el mismo Sistema genera. Por esta vía se impugnaría la poiticidad de sus planteos ya que, en última instancia, el Sistema parece ser el "fenómeno saturado" por excelencia. "Con la ca caída de la dialéctica, vale decir, de la metafísica, se abren espacios donde se visualiza una nueva posibilidad política sin futuro, herética, anárquica (sin orígen y sin finalidad), libertina, artística, mística y a-religiosa, vale decir, una política-sin-política, o una política propia del "desierto", donde ya no queda nadie, porque el que es no es nadie. No es sustancia, ni alma, ni sujeto (...) Tendremos que acostumbrarnos a vicir en los intersticios, como piojos, formando tribus nómades o habitando lo abierto, fuera, en última instancia, de las redes de los 'últimos hombres', o 'más-allá-del-hombre'."

Cuando el pathos de la confrontación política se juega sobre el horizonte de lo humano, Oscar del Barco llama cautelosamente a "distinguir entre el no-humanismo del Sistema y el no-humanismo como más allá del hombre; uno implica su aniquilación maquínica, mienstras que el otro implica su desborde sin límites. Es en la diferencia entre ambas alternativas de los posthumano que se juega una historia epocal".

Cabría detener aquí esta voluntad de discusión y sistematización. Cuando ya sólo se puede avanzar por rodeos, pueden venir en nuestro auxilio dos conceptos originarios de la ciencia ficción soviética, llevados a la pantalla por Andrei Tarkovsky: lo real como una zona y el sujeto como un stalker. "Al ser la política la forma íntima y global de su autogestión, el Sistema puede, al menos parcialmente, satisfacer todas las demandas políticas necesarias a su funcionamiento. Creer, por ejemplo, que por naturaleza el Sistema es incapaz de resolver los problemas de extrema tensión que le plantean los ecologistas, los homosexuales, las mujers, las llamadas capas pasivas o quienes sean, es fruto de cierto decisionismo ingenio de los movimientos políticos. Incluso me atrevería a decir que lo impolítico, categoría que han refuncionalizado los teóricos italianos a partir de su utilización por Thomas Mann y que apunta a franjas casi inefables de lo contestatario, es una de las maneras utilizadas por el Sistema para ocupar espacios que aparentemente le serían extraños. Aquí pareciera terminar el orden político; más allá solo me atrevería a sugerir, aunque incluso esto parezca demasiado, la existencia de una ZONA (la ellección del termino responde a la cualidad inexpresable de lo puesto en juego) imposible de determinar con las categorías metafísicas que constituyen los discursos de la razón contemporanea".

El sujeto, tal como reza la sentencia de Wittgenstein, "no pertenece al mundo sino que es un límite del mundo". El stalker, umbral subjetivo de un mundo en exceso, aunque con la marca originaria de un exceso de mundo, procede según estrategias oblicuas y en direcciones aleatorias, avanza con las huellas puestas detrás de lo que él mismo lleva. En el camino sin camino de su búsqueda del don, "la Zona está a un paso, como si uno estuviera sentado sobre un volcán".

Pablo Gallardo

Gabriel Livov



ALTERNATIVAS DE LO POSTHUMANO: textos reunidos · Oscar del Barco


“Querer que un alud se detenga y vuelva a su punto de origen es una ilusión. Más bien hay que acostumbrarse a vivir y pensar en la caída, como seres de la caída.”


La obra de Oscar del Barco restituye una dimensión de lo sagrado en donde la fuerza extática de la experiencia mística, la poesía, el erotismo, el uso de sustancias visionarias y, finalmente, el pensamiento, aparecen como modos de una repotenciación del hombre ante el desencadenamiento nihilista de la técnica y el encierro metafísico de la cultura. Bajo el título Alternativas de lo posthumano se agrupan una serie de ensayos, notas y protocolos de experiencia aparecidos originalmente en diversos libros y revistas, con el fin de recorrer un itinerario vital-intelectual de tres décadas en el que se anudan la corrosión del marxismo, la teología negativa y la política en la era de la derrota epocal. Los textos agrupados en la primera parte del libro recortan el suelo político originario de los problemas y los conceptos principales de la obra de Oscar del Barco −la crisis del marxismo y la deconstrucción del proletariado, las metamorfosis de la dominación poscapitalista, la crítica del mundo técnico-metafísico−, mientras que la segunda parte dispone en su conjunto la continuidad intensiva entre política, teología, poesía y experiencia visionaria.


Oscar del Barco (Córdoba, 1928) ha realizado una infatigable y polimorfa labor como ensayista, poeta, editor, investigador y docente, Tradujo e introdujo tempranamente en la Argentina a Artaud, Bataille, Sade, Blanchot, Derrida, Barthes, Kristeva y Althusser. Fue militante del Partido Comunista hasta su expulsión en 1963. Formó parte del grupo editor de la revista Pasado y Presente. Durante los años de su exilio mexicano dirigió el Centro de Investigaciones Filosóficas de la Universidad Autónoma de Puebla. Publicó numerosos artículos y libros, entre los que pueden mencionarse El otro Marx (1983), La intemperie sin fin (1985), Juan L. Ortiz. Poesía y ética (1996) y Exceso y donación (2003).


Edición al cuidado de Pablo Gallardo y Gabriel Livov

ISBN: 978-987-622016

286 páginas

NIETZSCHE, FILÓSOFO DIONISÍACO • Ezequiel Martínez Estrada



Este ensayo formó parte, junto con otros dos dedicados a Montaigne y a Balzac, del libro Heraldos de la verdad, publicado en enero de 1958. Condensa los largos años de meditación que Martínez Estrada le otorgara a la obra de Nietzsche, y que desde 1944 se expresan en conferencias y pequeños escritos destinados a diarios, revistas y conferencias. Nietzsche, filósofo dionisíaco es una de las primeras recepciones en Argentina de la obra del filósofo alemán.


Prólogo: Christian Ferrer.
ISBN: 987-22492-2-9
Diciembre 2005. Páginas 126